Después de investigar lo que había debajo de mi cama, me di cuenta que había pasado por alto un detalle. En la esquina más oscura del fondo, algo brillante y a la vez desconocido llamó mi atención.
Acerqué la mano para intentar alcanzarlo, pero no había manera, era muy escurridizo y parecía que bailaba para evitarme. En mi afán por atajar la sospechosa luz parpadeante, golpeé de manera muy brusca mi cabeza contra el somier de la cama, y provoqué un ruido retumbante y que el colchón saltase como si jugase a la comba encima de mi. Tras el golpe y con la vista nublada, intenté localizar lo que tanto me inquietaba, pero ya no destacaba de entre las sombras.
Se hizo un silencio sepulcral y un sonido agudo me volvió a inquietar, provenía del mismo lugar de antes. Miré y ahí estaba, era pequeño y escamoso, con un color rojizo parecido al de las cerezas maduras que son tan dulces y sabrosas, era una grillo muy peculiar. Iba de pelusa en pelusa como si volase. En uno de mis intentos, lo atrapé con las manos.
Al tener ese color tan vivo, me picó la curiosidad de qué olor tendría. Era un olor fétido y penetrante, me causó un gesto de repulsión automático, lancé lejos el grillo. Este salió corriendo como una gacela de mi habitación y perdiéndose en el pasillo de mi casa sin dejar ningún rastro.

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